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Columna de opinión: La pandemia de los invisibles


Vivimos en un mundo adultocéntrico y el contexto actual lo hace aún más evidente. Nuestra sociedad está construida en base a la visión de los adultos, y a pesar de la evolución, desde el inicio de los tiempos hemos ignorado a niños y niñas y sus necesidades. Encuestas y estudios hablan de los chilenos y la salud mental, pero no se refieren a todos; los niños y niñas han quedado otra vez al margen, como si no fueran parte del país, como si no fuera necesario preguntarles cómo están. 

En Chile no sólo cargamos con el estado emocional que ha traído consigo un encierro no previsto y una pandemia que se ha llevado miles de vidas, desde octubre también arrastramos la angustia, la incertidumbre y el estrés que nos provocó el estallido social que también tuvo como espectadores y actores a nuestros hijos; y por eso de algo que en la vorágine pareciera habérsenos olvidado o quedado en segundo plano: la salud mental y el estado emocional de de los niños y niñas, probablemente el efecto colateral del COVID-19 más invisible y hasta ahora también el más injusto.

Esta pandemia caló en lo más profundo de nuestra sociedad, quitándole a la infancia, oportunidades e incluso derechos. Y las brechas e injusticias cada día más evidentes, hace que todo esfuerzo aislado por mitigar los violentos efectos de esta crisis en ellos sean casi imperceptibles. Es por eso que hoy se necesita un profundo cambio de paradigma , que nace con mirarlos y escucharlos más, y esto sólo será posible si se empieza por casa. 

Estas generaciones, que con cierta certeza llevarán las huellas que el COVID-19 dejará durante su etapa más importante de desarrollo, merecen que estemos a la altura de los desafíos y que mientras el silencio invade sus salas de clases , seamos capaces de alzar la voz por ellos. Por todos esos pequeños invisibles que han llegado a un mundo que no estaba preparado ni para una pandemia, ni para ellos. 

Bárbara Soto Silva, directora de Educación de Santiago